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El tren para Manakara no llegará a su destino

Un pollo en primera clase

Mi vecina de banqueta atrapa el ave que incordiaba alegremente bajo el asiento. Un pollo en primera clase, eso llama la atención. La chica sale del vagón, con la bestia cogida por las patas y el pico balanceándose hacia el suelo. Sale para airear al ave, como lo haría con un perro excitado por el viaje. Una hora más tarde, el tren no parece listo para salir, pero el pollo se ha calmado y retoma su medio metro cuadrado bajo una de las banquetas.

Con los ojos en el depósito del tren, observamos las idas y vueltas un chico manchado de aceite quemado y con un pequeño bidón en la mano. ¡Dos hora de carrera, y los 300 litros de la cisterna marcan la salida de esta surrealista travesía!

@NowMadNow

17 escalas hacia Manakara

A la salida de la estación de Fianarantsoa, lleno de impulso, el tren es la atracción de todas las generaciones que se amontonan en las cunetas saludándole vigorosamente.

La locomotora verde emite un ruido de máquina que se retuerce. Cada metro parece una hazaña: esta carcasa de tren, suiza antes de ser recomprada y nacionalizada malgache, tiene una segunda vida sumegiéndose en las selvas pluviales de la costa este. La bestia nació en 1930, cerca de Zurich, y remendada, imprevisible, todavía tiene alguna señal de su última travesía.

Lleva por una velocidad engañosa, se detiene de pronto para descargar provisiones y almacenar otra nuevas, y escupir algunos pasajeros en el recodo de una arrozal o un pueblo.

El tren FCE entre Fianaranstoa y Manakara acaba con cualquier tentativa de previsión. 170 kilómetros para 17 estaciones y quizás igual número de paradas en lo que los malgaches llaman entre estaciones, expresión multiusos que se refiere a cualquier parada inoportuna. Estos 170 kilómetros, pocos en un mapa, pueden tomar 14, 15 horas, incluso más en caso de problema técnico o de escombros sobre las vías. Las averías y las sorpresas están incluidas en el billete.

@NowMadNow

En medio de la selva tropical

Con la ventanilla bajada se ven las volutas de humo que se escapan bajo el océano de vegetación, traicionando la presencia de cabañas aisladas entre helechos arborescentes, pandanos espinosos, orgullosos bambús cerbatana y pantanos plateados. Este ecosistema con una riqueza botánica insolente acaricia nuestra locomotora y parece preparada para replegarse sobre nosotros como una planta carnívora.

Justo antes de la puesta de sol, bajo una luz violácea, los últimas pequeñas vendedoras hacen botín alrededor del tren. Una joven presenta su cesta de bayas rosas, parecidas a pequeñas perlas. Su hermana tiene en perfecto equilibrio un pareja de cigalas sobre su cabeza. Cocidas y aromatizadas en un caldo, acaban siendo desgastadas por una pareja franco-malgache que comparte mi banqueta.

En una negrura saturada de humedad, el tren parece no avanzar. Los turistas se quejan en vano, mientras que los malgaches escuchan la música que sale de un teléfono.

Medianoche, una mano pasa por mi hombros. Me despierto: nuestro guía viene a buscarnos en 4x4 en una "entre estación" a dos horas de Manakara. El tren nunca llegó a su destino.

Aline Gernay
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Actualizado el 8 octubre 2015