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¿Por qué ir a Shanghái?

Shanghái fue mi hogar durante dos años maravillosos y ocupa para mí un lugar inestimable. Bueno, no solo para mí... Esta ciudad de veinticinco millones de almas, centro financiero internacional, también ocupa un lugar muy especial en China. Unas veces criticada por ser poco china y otras muy valorada por su dinamismo económico, lo raro es que deje a alguien indiferente. Si le dedicas el tiempo necesario para tener una visión general, Shanghái sabrá seducirte. Déjame explicarte el porqué.

Conocer el pasado de Shanghái para entender su presente

A la vez centro fluvial y marítimo, Shanghái (que significa literalmente junto al mar) fue un puerto bastante modesto hasta el siglo XIX. En 1842 su destino dio un vuelco con la derrota de China en la Primera Guerra del Opio. Shanghái se convirtió en uno de los cinco puertos abiertos al extranjero y se crearon las «concesiones». Este hecho marcó el comienzo de la época gloriosa de Shanghái, desde entonces, punto de contacto entre Oriente y Occidente.

Durante los años veinte fue la ciudad del lujo y el capital, acogiendo a la mayor población extranjera de toda Asia y atrayendo a chinos de todas partes del país. Shanghái era conocida como la perla (o el París) de Oriente, una ciudad herética y cosmopolita. Se instauró el capitalismo y se construyeron bancos a lo largo del río Amarillo, en el famoso Bund. En 1922 Albert Londres pone de manifiesto esta efervescencia financiera en su obra China en ascuas.

«En Shanghái se mueve mucho dinero. El dinero es la materia prima y el fin último. […] Banque, Bank, Banking, Banco. Diez, veinte, cien, doscientos. ¡Es lo único que cuenta! Da hasta miedo levantar la vista».

A partir de ahí, Shanghái se intelectualiza. El pensamiento occidental, enfrentado a las tradiciones chinas, trae nuevas ideas. El Partido Comunista nace allí en 1921. Paralelamente, la ciudad se va degradando. Dentro de una economía capitalista, el opio y la prostitución están a la orden del día. Pero no dura mucho: en la China de Mao Zedong no hay lugar para esta clara muestra de la depravación occidental. Shanghái se sumió en un sueño que duró casi cinco décadas.

Habría que esperar hasta 1990, cuando se creó al este del río el distrito financiero de Pudong, para que Shanghái recuperara su lugar entre las mayores ciudades de China y del mundo entero. Donde en los años noventa solo había unos almacenes se levantan hoy las torres más altas del planeta. Yo he estado y te puedo asegurar que son muy altas.

Shanghái recuperó su antiguo esplendor, y seguramente lo superó

Yo en Shanghái llevaba una vida al estilo occidental. Iba a bares y a clubs que no tienen nada que envidiarles a los de las capitales europeas.

Te aconsejo una experiencia única: un paseo a pie entre los edificios neoclásicos y Art Déco del Bund y por debajo de las torres inmensas que componen el increíble relieve urbano de Pudong. Cada mes hay más rascacielos para «forzarte» la vista arriba... A pocos pasos de allí tienes el trajín de la avenida de Nankín, el templo de las compras de la ciudad.

Pero Shanghái es una ciudad llena de contrastes. También te inunda el espíritu chino, o al menos el shanghaiano, cuando cruzas los patios interiores y Lilong, con sus callejuelas empedradas, típicas de la ciudad. Hay ropa tendida en las ventanas y hombres con barba de chivo charlando en las aceras. Levántate temprano y date una vuelta por los parques de la ciudad. Verás a muchos shanghaianos haciendo taichí y otras actividades. Luego puedes seguir la ruta por debajo de los plátanos de paseo de la antigua concesión francesa e ir buscando edificios coloniales.

Shanghái sigue siendo un placer para el paladar: puedes degustar los sabores del mar o probar la comida de otras provincias de China. Allí se estila la buena mesa, con manjares ricos y variados. Pero si tengo que elegir un solo sabor de Shanghái, te recomiendo las shengtian, una especie de raviolis rellenos y asados con una salsa exquisita. Si pasas por Shanghái no te puedes perder el puestecito que hay en Jiao Zhou Lu, nº 260, en el barrio de Jing’An. A primera vista no inspira mucha confianza, pero, por menos de dos euros, ¡tienes un orgasmo gustativo asegurado!


¿Vibrante, bulliciosa, efervescente? La única forma de concebir la indescriptible energía de Shanghái, donde el futuro se escribe frente a nuestros propios ojos, es pasar unos días en esta capital sin normas… No me cabe duda de que estarás de acuerdo conmigo en que los motivos para quedarse en Shanghái son infinitos.

Aurélie Croiziers
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Actualizado el 4 agosto 2015