1. Surfear las olas de playa Tamarindo
Playa Tamarindo, legendaria en la costa del Pacífico, es un auténtico paraíso para los amantes del surf. Tanto si eres principiante como si dominas las olas más desafiantes, aquí encontrarás la ola adecuada para ti. La atmósfera es relajada, la arena es dorada, el agua caliente... y las olas son constantes durante todo el año. Las escuelas de surf a lo largo de la costa ofrecen clases privadas o en grupo, generalmente al amanecer o al atardecer, cuando el sol se pone y la magia es aún mayor.
2. Explorar el parque nacional Marino Las Baulas
A pocos minutos al norte de Tamarindo, este parque protegido abarca playas vírgenes y una densa manglar, aún lejos del bullicio turístico. Aquí vas en silencio, con la marea baja, para soñar contemplando un fenómeno natural único: la anidación de tortugas loras entre octubre y marzo. De día, los senderos con pasarelas te sumergen en la fauna local, con garzas blancas, monos aulladores y cocodrilos ocultos en el lodo.
3. Probar la “pura vida” en el mercado nocturno
Todos los jueves por la noche, el pequeño centro de Tamarindo se anima con los puestos del mercado nocturno. El aire se llena de aromas: empanadas, ceviche recién preparado, tacos con salsa típica local. Mientras disfrutas una cerveza artesanal, un grupo toca la marimba bajo unas guirnaldas de luces. Los artesanos venden joyas hechas a mano, textiles éticos y cerámica local. El recuerdo perfecto con una verdadera historia.
4. Deslizarte en kayak o paddle surf por el estuario de Tamarindo
Lejos del bullicio de la playa, el estuario formado por el río Matapalo es un mundo aparte. Con la marea alta, súbete a un kayak o paddle surf para pasear entre las raíces de los manglares rojos. Los sonidos se apagan, reemplazados por el canto de un tucán o el rumor de una iguana buceando. Si tienes suerte, quizá veas incluso a un cocodrilo descansando en la orilla. Emoción y asombro garantizados.
5. Montar a caballo al atardecer
Montar a caballo por la playa con el sol poniente de fondo: ¿un cliché? Tal vez. ¿Mágico? Sin duda. En Tamarindo, varias fincas locales ofrecen paseos a caballo en grupos pequeños, atravesando el bosque seco o directamente por la arena cuando la playa se vacía. El olor a cuero, el aliento cálido del animal, el suave golpeteo de los cascos... El escenario se vuelve romántico, salvaje y lleno de vida.
6. Bucear con máscara y snorkel en playa Conchal
A unos treinta minutos en coche, playa Conchal merece una visita, y el trayecto para llegar vale totalmente la pena. Su nombre proviene de la arena formada por diminutas conchas trituradas que dan al agua un tono turquesa. Aquí, con máscara puesta, nadas entre peces mariposa y damiselas azules que se deslizan entre las rocas. Para un momento más íntimo, llega temprano o quédate hasta el último rayo de sol.
7. Aprender a cocinar gallo pinto con un chef local
Más allá de la playa, Tamarindo te invita a probar el corazón de la cultura costarricense. En talleres de cocina organizados en casas locales o pequeños ecolodges, prepararás el tradicional gallo pinto, esa mezcla perfecta de arroz, frijoles negros, cilantro fresco y salsa Lizano. También te enseñarán a freír patacones y a rellenar empanadas. Al final, se crea una mesa llena de historias y recuerdos que te llevarás a casa.
8. Participar en una clase de yoga frente al océano
Aquí, el yoga no es una moda, es un estilo de vida. Estudios en jardines tropicales o directamente en la arena ofrecen sesiones abiertas para todos, impregnadas del calor suave de los trópicos. Despliega tu esterilla frente al océano, con los ojos medio cerrados entre posturas, cuando un mono aullador comienza una serenata salvaje desde lo alto de los árboles. Respira, conéctate y disfruta cada instante.
9. Descubrir playa Langosta, un secreto bien guardado
A solo unos minutos a pie del bullicio de Tamarindo, playa Langosta parece pertenecer a otro mundo. Más salvaje, más tranquila, bordeada de rocas negras y palmeras inclinadas. Perfecta si buscas escapar de la multitud. Aquí puedes nadar con la marea alta, observar las conchas con la marea baja o simplemente extender tu toalla con un buen libro en la mano. Al final del día, el atardecer suele ser solo para ti.
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