¿Qué ver y qué hacer en Papey?
1. Explorar la pequeña iglesia de madera de Papey
En esta isla diminuta, frente a la costa este de Islandia, es imposible no fijarse en la iglesia de madera blanca, alzada frente al océano. Es una antigua iglesia de madera, construida en 1807. Te recibe en un silencio que apenas rompen los gritos de los frailecillos. Al cruzar el umbral, el suelo cruje suavemente, el aroma a madera antigua te envuelve y resulta fácil imaginar los oficios de otros tiempos en esta nave mínima, con aire de refugio.
2. Salir al encuentro de los frailecillos
De mayo a agosto, la estrella de Papey es él: el frailecillo atlántico. Es imposible no sonreír al ver su silueta rechoncha y su pico de colores. La isla se convierte entonces en un santuario para estas aves marinas, que anidan por centenares en los acantilados bajos. Por los senderos de hierba, avanza despacio para observarlos, prismáticos en mano. Evita los movimientos bruscos, siéntate cerca del suelo y déjate envolver por este baile de vuelos, llamadas y miradas curiosas.
3. Hacer una excursión en barco desde Djúpivogur
A Papey solo se llega en barco, y todo empieza en el pintoresco pueblo de Djúpivogur. A bordo de una pequeña embarcación, navegas en silencio por las aguas tranquilas de los fiordos del este. El trayecto, de entre treinta y cuarenta minutos, ya es una experiencia en sí misma, marcada por los resoplidos de las focas, la silueta de un alca común zambulléndose o las llamadas de los éideres. Una vez allí, la sensación de estar a solas con el mundo es inmediata y revitalizante. Asegúrate de comprobar bien que el servicio está operativo.
4. Observar focas en la orilla
A las focas les gusta Papey tanto como a sus visitantes. Con la marea baja, se acercan a descansar sobre las rocas que bordean la bahía, tumbadas al sol con una tranquilidad casi humana. Tómate tu tiempo para recorrer las playas a pie, siempre a una distancia respetuosa. En invierno, algunas permanecen todo el año y regalan una escena poco habitual bajo una luz dorada y rasante. Con un poco de paciencia, podrás verlas deslizarse en el agua, levantar la cabeza y desaparecer como un espejismo.
5. Subir a la pequeña cima de la isla
Papey se eleva con suavidad, sin grandes alturas, pero la vista desde su punto más alto cuenta otra historia. Desde allí, el horizonte se abre: al oeste, las cumbres brumosas del este islandés; alrededor, el Atlántico hasta donde alcanza la vista. La hierba se agita con el viento y solo los gritos de las aves rompen el silencio. En los días despejados, incluso se intuyen las estribaciones del este de Islandia. No hay señalizaciones, pero perderse es prácticamente imposible.
6. Fotografiar la luz cambiante
En Papey, la luz es la gran protagonista. Pocos lugares de Islandia ofrecen una claridad así, sin contaminación visual ni lumínica. Al amanecer, la bruma que se eleva lentamente transforma los tonos de la isla: del gris perla al cobrizo dorado. En verano, el sol roza el horizonte durante horas y tiñe de naranja las olas y los acantilados. A los amantes de la fotografía les faltarán disparos para captar la infinidad de matices, las siluetas de las aves o la iglesia recortada sobre un fondo pastel.
7. Observar las formaciones rocosas y las algas
Camina descalzo con la marea baja sobre las rocas cubiertas de algas brillantes. El litoral de Papey es un mosaico sorprendente de piedras volcánicas negras, líquenes verdes y algas pardas resbaladizas. Algunas rocas tienen formas extrañas, esculpidas por la erosión y golpeadas por el viento. Si las observas de cerca, descubrirás anémonas aferradas a las grietas, conchas diminutas y una vida marina discreta, pero abundante.
8. Hacer un pícnic frente al océano
Llevar tu pícnic a Papey es cultivar una forma de lujo poco habitual: comer en un entorno salvaje, sin coches, sin ruido, solo rodeado por el viento, las aves y el murmullo del agua. Extiende tu manta cerca de la iglesia o sobre una loma de hierba con vistas al mar. ¿En el menú? Pan de centeno, arenque marinado, brie islandés y, si el viento lo permite, un sorbo de café caliente. Un momento suspendido, a años luz del ajetreo.
9. Dejarte invadir por el silencio
Papey no se visita: se siente. Basta con sentarte sobre una piedra plana, lejos de todo, y escuchar. Aquí el silencio nunca es total, pero está lleno de vida: los sonidos del mar, el vaivén de las olas contra los guijarros, el batir de las alas. Es un silencio que renueva. Sin cobertura, sin carreteras, sin viviendas, la isla ofrece un espacio-tiempo casi sagrado. Es ese vacío el que llena, y el que permanece cuando el barco se marcha.
Inmersión en la naturaleza en Papey
La fauna emblemática de Papey
En la isla de Papey, una perla diminuta azotada por el viento frente al este de Islandia, el silencio solo se rompe con los gritos roncos y el batir de alas de miles de aves. Estas son algunas de las especies que podrías encontrar:
- El frailecillo atlántico, la estrella de Papey, reconocible por su pico tricolor y su andar torpe sobre los acantilados cubiertos de hierba.
- Los araos y las alcas comunes, alineados como centinelas sobre las rocas negras.
- Los éideres comunes, que anidan tranquilamente en la isla y despliegan un plumón delicado, tradicionalmente recogido a mano.
- Y a veces, en las aguas cercanas, una foca curiosa asoma la punta del hocico.
La flora y la vegetación que dan forma a Papey
Bajo el viento salado y los cielos cambiantes de Papey, pequeña isla frente al este de Islandia, la flora se aferra con fuerza a la roca. Estas son algunas maravillas vegetales que podrás rozar al caminar:
- El licopodio inundado, una alfombra verde en miniatura que recuerda a un sotobosque de cuento.
- El liquen ártico, en manchas blancas y amarillas, destellos pálidos sobre los suelos oscuros.
- La saxífraga, delicada y resistente, que se abre paso en los huecos de las rocas.
- El botón de oro rastrero, una pequeña pincelada dorada, como un rayo de sol en el musgo húmedo.
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