Sitios imprescindibles y rincones secretos: ¿qué ver y qué hacer en los fiordos del este?
1. Seguir las carreteras para descubrir los fiordos
Aquí, las carreteras se convierten en caminos hacia el descubrimiento: cintas de asfalto que bordean fiordos profundos, entre acantilados oscuros y playas de guijarros brillantes. Conducir por el este es aceptar parar cada diez kilómetros, aunque solo sea para escuchar el chapoteo del agua y el grito de los charranes. Tómate tu tiempo en los pequeños miradores improvisados, cuando la luz rasante hace brillar el musgo sobre las rocas. Fuera del verano, a menudo tendrás la carretera casi entera para ti.
2. Perderse a pie por Seyðisfjörður, un pueblo de postal
Seyðisfjörður es un paisaje vivo, al fondo de un fiordo estrecho, con sus casas de madera de colores y el aroma a café escapándose por las puertas. Pasea hasta la iglesia azul, al final de la calle del arcoíris, y después remonta el río, allí donde las cascadas caen entre abedules. Al anochecer, el puerto se vuelve silencioso, casi íntimo. Es una base perfecta para explorar los alrededores sin prisas.
3. Caminar hasta la cascada Hengifoss y sus estratos rojos
Hengifoss impresiona por sus franjas de basalto y arcilla roja, como un corte geológico a tamaño real. El sendero sube por encima del lago Lagarfljót, con miradores que se abren paso a paso, entre la respiración entrecortada y las manos al aire fresco. Por el camino, no te pierdas Litlanesfoss y sus columnas basálticas, un anfiteatro natural. Si hace buen tiempo, lleva un pícnic: la luz baila durante horas sobre la pared.
4. Observar frailecillos en Borgarfjörður Eystri, sin aglomeraciones
Es uno de los mejores lugares de Islandia para ver frailecillos de cerca, desde una plataforma discreta al pie de una pedrera. En verano, oirás sus pequeños gruñidos incluso antes de distinguirlos: siluetas negras y blancas, con el pico naranja como pintado. El fiordo es también un paraíso para caminar, con senderos costeros y una atmósfera de fin del mundo. Llega temprano o quédate hasta tarde para disfrutar de una luz suave y de más calma.
5. Explorar Stórurð, el caos de rocas de colores irreales
Stórurð es un secreto que la gente local guarda con celo: un valle salpicado de rocas enormes, como si las hubiera lanzado un gigante. La ruta, que parte de la zona de Borgarfjörður Eystri, atraviesa laderas cubiertas de hierba y arroyos helados. Y, de pronto, aparecen pozas turquesas, musgos de un verde eléctrico y piedras redondeadas con vetas. El tiempo cambia rápido, así que lleva algo de abrigo. La llegada tiene sabor a expedición.
6. Seguir los acantilados y las playas de Stokksnes hasta el faro
Stokksnes ofrece un cara a cara intenso con el Atlántico: arena negra, dunas, hierbas bajas y, a lo lejos, la silueta serrada del Vestrahorn. Camina hasta el faro cuando el viento te silbe en la capucha y la arena te golpee las pantorrillas. En días despejados, los reflejos en los charcos forman un espejo perfecto, ideal para hacer fotos, pero sobre todo para sentir la emoción de verte diminuto. Recuerda respeta los senderos: las dunas son frágiles.
7. Disfrutar de la calma de Djúpivogur, puerto tranquilo y arte al aire libre
Djúpivogur es una pausa lenta, un pequeño puerto al que se viene a respirar, mirar los barcos y seguir la luz sobre la bahía. No te pierdas la instalación Eggin í Gleðivík, esos “huevos” de piedra colocados junto a la orilla, cada uno dedicado a un ave local. El pueblo se descubre en un paseo y luego invita a quedarse: una sopa caliente o pescado del día, mientras escuchas historias de la zona. Perfecto para una etapa sin kilómetros de más.
8. Buscar renos al atardecer en las mesetas del este
Los renos viven aquí en libertad, una herencia inesperada de la historia islandesa, y el este es su hábitat natural. Para aumentar tus posibilidades de verlos, conduce despacio al final del día por las carreteras secundarias entre Egilsstaðir, Reyðarfjörður y las mesetas, cuando la luz se vuelve dorada y las siluetas se recortan en el horizonte. Mantén la distancia, apaga el motor si te detienes y observa en silencio. Un instante sencillo, casi solemne, que se queda contigo mucho tiempo.
9. Darse un baño caliente como los locales, lejos de los lugares masificados
Terminar el día en agua naturalmente caliente lo cambia todo, sobre todo cuando el aire pica y las montañas se tiñen de azul. En el este, elige las piscinas geotérmicas de pueblos pequeños, como la de Reyðarfjörður, donde te mezclas con la vida cotidiana de sus habitantes entre piscinas a distintas temperaturas y una ligera nube de vapor. Es un ritual islandés, sencillo y social. La ducha antes de entrar es obligatoria. Y tómate tu tiempo: ahí está el verdadero lujo. Para una experiencia diferente, prueba los Vök Baths, en Egilsstaðir.
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